¿Y si la integración más sólida entre Argentina y Brasil fuera la que casi nunca llega a los titulares?
Mientras la agenda bilateral oscila con el clima político, hay un espacio donde la cooperación lleva décadas de continuidad: el sector agroalimentario. Desde 1980, PROCISUR1 reúne a los institutos nacionales de investigación agropecuaria del Cono Sur, como INTA2 y EMBRAPA3, junto con el IICA4. El COSAVE5 constituye un ámbito intergubernamental de coordinación y concertación de acciones destinadas a abordar los problemas fitosanitarios desde 1989, y el Comité Veterinario Permanente del Cono Sur (CVP) hace lo propio con la sanidad animal desde 2003. Los ministros de Agricultura de la región, además, se reúnen cada seis meses en el Consejo Agropecuario del Sur (CAS).
Estos espacios funcionan, en buena medida, porque técnicos, productores y empresas comparten problemas concretos: una plaga, un estándar sanitario, una variedad que se adapta mejor. La cooperación nace de la necesidad compartida y no de la declaración.
Algo similar se vio hace pocos días en Montevideo, en un encuentro sobre integración gasífera y fertilizantes. Gobiernos, bancos de desarrollo, empresas públicas y privadas y organismos internacionales discutieron proyectos concretos, más allá de diagnósticos. El contexto explica el interés: Brasil depende del exterior en un 95% en fertilizantes nitrogenados y potásicos y en un 72% en fosfatados6, mientras que Argentina avanza con urea producida localmente. Hay complementariedad esperando ser organizada.
Las relaciones institucionales: más que traducir, interpretar y articular
Acá aparece un rol que la diplomacia corporativa conoce bien. Una empresa que opera en ambos países no solo cruza una frontera: cruza culturas de negocio, con ritmos de decisión, formas de negociar, jerarquías y códigos implícitos distintos, y marcos regulatorios con habilitaciones, estándares y trámites propios. Quien trabaja en relaciones institucionales a nivel internacional interpreta contextos, anticipa cómo piensa el otro lado y construye la confianza que permite convertir diferencias en acuerdos operativos. Conocer desde adentro la realidad de cada país es lo que hace la diferencia.
En tiempos de cambio acelerado, saber interpretar al otro, anticipar su marco de decisión y articular intereses distintos en una agenda común es un activo estratégico. El sector agroalimentario ya lo pone en práctica a través de mesas técnicas que reúnen a la ciencia, la sanidad y la producción. La industria, la logística, los servicios y la tecnología tienen aún espacios por construir y fortalecer en esa misma dirección.
Un punto de partida realista
Conviene ser claros. El marco legal y comercial lo seguirán fijando los Estados, y los tiempos de la política no son los de las empresas. Tampoco se trata de esperar a que todo se alinee. La complementariedad productiva puede construirse en paralelo, desde las cadenas, los sectores y los territorios (ciudades, provincias y regiones). Y hay un dato que lo vuelve urgente: se estima que la región utiliza una parcela muy baja de las preferencias comerciales ya negociadas y vigentes. El desafío no es solo firmar más acuerdos, sino aprovechar mejor los que existen.
Una agenda posible
Tres pasos concretos, que cualquier comunidad empresarial puede impulsar:
1. Mapas de complementariedad productiva por región. Identificar qué insumos, capacidades y servicios de un lado resuelven necesidades del otro, empezando por cadenas como alimentos, energía e insumos agrícolas, por ejemplo.
2. Mesas técnicas sectoriales. Reunir a empresas, especialistas y organismos técnicos para trabajar estándares, trazabilidad y uso de las preferencias vigentes. Hay formatos existentes que demuestran resultados.
3. Alianzas de innovación. Conectar a las empresas con la investigación, los bioinsumos, la agtech y las soluciones digitales que ya se desarrollan en ambos países, y llevarlas a escala regional.
Potenciar
La integración productiva no depende apenas de grandes gestos, sino de que cada sector se anime a sentarse a la misma mesa y trabajar sobre lo concreto. Hay sectores que vienen mostrando caminos posibles. La región también es un espacio de aprendizaje, no apenas de competencia comercial. La pregunta es qué sector va a abrir la siguiente mesa.
¿Qué complementariedad están viendo hoy en su cadena de valor, y qué mesa técnica o espacio de coordinación les haría falta para aprovecharla?
1 Programa Cooperativo para el Desarrollo Tecnológico Agroalimentario y Agroindustrial del Cono Sur.
2 Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria.
3 Empresa Brasileira de Pesquisa Agropecuária.
4 Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura.
5 Comité de Sanidad Vegetal del Cono Sur.
6 Plan Nacional de Fertilizantes (PNF), documento oficial del Ministerio de Agricultura.
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Quillén Sánchez
Profesional de Relaciones Internacionales (Universidad La Salle, Río de Janeiro) y magíster en Procesos de Integración Regional (Universidad de Buenos Aires). Se especializa en integración regional, cooperación técnica y comercio entre Argentina, Brasil y el espacio regional, con una mirada que articula los ámbitos público y privado y se enfoca en la proyección internacional de proyectos, territorios y organizaciones. Trabajó en el ámbito agrícola, en los sectores agtech y life sciences, y en proyectos de responsabilidad social y desarrollo sostenible. Cuenta con posgrados en diplomacia corporativa, relaciones gubernamentales y asuntos argentinos.